Zumalacárregui

Zumalacárregui

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En tanto Zumalacárregui se había ido a Asarta, donde quiso disimular la falta de cartuchos con una orden del día en que daba ocho de descanso a sus valientes tropas. Comunicada al Rey su carencia de municiones, el Cuartel Real, que estaba en Segura, se conmovió con la triste noticia. La Real Hacienda acudió con arbitrios mil al remedio de tan gran daño; se organizó de prisa y corriendo un activo contrabando para traer de Francia el pan de la guerra, y se enviaron comisionados a los que lo amasaban en diferentes puntos del Baztán, para que activasen todo lo posible la fabricación. Gracias a estas medidas pudo Zumalacárregui tener provisión bastante para lanzarse a nuevo combate antes de la semana, engañando una vez más a los cristinos, pues nunca pensó en que sus tropas estuvieran tanto tiempo en la ociosidad. Si no reanudó las operaciones antes de los ocho días, no fue por falta de ganas, ni porque careciera de planes bien determinados, sino porque la Majestad de Carlos V le ordenó que permaneciese en Asarta hasta recibir la visita de los enviados del Gobierno de Inglaterra, lord Elliot y sir Gurwood, para proponer a uno y otro ejército un convenio que diese a la guerra carácter humanitario, poniendo fin a las sangrientas represalias.




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