Zumalacárregui

Zumalacárregui

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Reservadísimas eran las conferencias entre D. Carlos y su General, y cuando se celebraba consejo, al que asistían, además de Zumalacárregui, los llamados ministros, no se revelaban al público ni las discusiones ni los acuerdos. Pero algo trascendía siempre, como es natural, mayormente entre españoles, raza inepta para guardar secretos; y en los corrillos de la plaza, en las dos boticas, en los pórticos de la Casa Consistorial y en todos los demás mentideros de la ilustre villa, se hablaba de los grandiosos planes que de aquellas encerronas habían de salir muy pronto. No será preciso advertir que el Sr. D. Fructuoso de Arespacochaga y Vidondo, natural de Vergara, unido al vecindario por vínculos de sangre y por multitud de conocimientos, no podía salir a la calle sin que le acometiera la caterva de impertinentes curiosos. En las galerías del Seminario Real y Patriótico le asaltaron una tarde las turbas, pidiéndole los secretos o la vida, y él, ante el número y poder de los asaltantes, no tuvo más remedio que rendirse, dando noticias incompletas. Juntose después al capellán Ibarburu, y se fueron a la sala de Capítulo de San Pedro de Ariznoa. En grata tertulia con el Párroco y dos racioneros de los más significados, dejó salir por su boca D. Fructuoso cuanto tenía en el buche.

«Pero, en fin —preguntó Ibarburu con viva impaciencia—, ¿dimite o no dimite?


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