Zumalacárregui
Zumalacárregui —¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro Soberano… Eso no es cierto, amigo Fago.
—Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no debe obedecer… debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen Rey… Si esto que digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.
—Sólo Dios sabe lo que puede suceder —dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder conseguirlo».
Y el otro terminó: «Vuecencia lo sabe y yo también… El héroe de esta guerra, el restaurador de la Monarquía legítima… no tomará a Bilbao… El porqué… él lo sabe… y yo también.
—Mucho saber es ése, amigo Fago —indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras—. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.
—Vámonos, vámonos —dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente—. Basta de profecías… Estamos molestando al señor General…