Zumalacárregui
Zumalacárregui Los dos capellanes, Ibarburu y Fago, movidos de ardiente curiosidad, subieron a los altos de Artagán, y de allí dominaron todo el panorama de la villa, que parecía sepultada en el fondo de un pozo. Vieron a su derecha la mole de San Agustín y la casa de Quintana; enfrente todas las obras de Mallona, y a la izquierda los fuertes de Solocoeche y Larrinaga.
«¿Qué le parece a usted, amigo Fago? —dijo Ibarburu con desfallecimiento—. ¿Tomaremos esto? Antójaseme que es hueso muy duro para que podamos roerlo.
—Y tan duro… Fíjese usted además en los fuertes de la otra orilla, del lado de Abando… No se concibe mayor obcecación que la de esos señores áulicos, que han puesto la causa al borde de este abismo. Ya verán, ya verán lo que es bueno.
—¿Y no sería conveniente renunciar a batir los fuertes, y entretenernos en arrojar bombas y granadas sobre el caserío, para que se produjeran incendios y ruinas? De este modo el vecindario, lleno de terror, impondría la rendición.
Esa barbarie no es militar, ni tampoco política, Sr. de Ibarburu, y pongo mi cabeza a que Zumalacárregui no ha de darle a usted gusto».