Zumalacárregui

Zumalacárregui

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Los cuatro ayudantes, el fraile, el cura, Capapé, Vargas, la familia y amigos, estuvieron en la sala hasta más de media noche, en ansiosa expectativa. Petriquillo ya no parecía por allí; los médicos acordaron extraer la bala a la mañana siguiente muy temprano. ¡Lástima no haberlo hecho en cuanto el herido llegó a Cegama! La fatalidad inspiró a Zumalacárregui y a su pariente una ciega confianza en el curandero. Los físicos le echaban la culpa a él, y él a los físicos. A todos sin duda alcanzaba la responsabilidad de la agravación del enfermo en la noche del 23 al 24 de Junio.

No bien amaneció el día de San Juan, los señores Grediaga y Gelos extrajeron la bala, haciendo gran carnicería en la pierna del héroe. Terminada la cruel operación con relativa felicidad, creyose conjurado el peligro, y el contento llenó la casa, y prontamente cundió por todo el pueblo. Puesta la bala en una bandeja, la fueron mostrando de casa en casa. Fray Cirilo propuso enviarla a D. Carlos, como presente histórico que Su Majestad tendría en gran aprecio. Pero, ¡ay!, estas alegrías duraron poco. No eran las ocho cuando el héroe fue atacado de un temblor convulsivo. Acudieron los médicos, la familia. Con medias palabras, pues enteras difícilmente podía pronunciarlas, D. Tomás, conservando su entereza moral, les dijo que se moría, y ordenó se hiciese pronto, pronto, lo conveniente al caso (fórmula militar).


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