Zumalacárregui

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- VI -

A media noche, los urbanos que aún vivían, no pudiendo resistir más el calor que les abrasaba, medio locos de furia, de hambre y de sed, dejaron de hacer fuego. Lentamente descendieron por las escalas, tiznados, los ojos enrojecidos, manos y pies como carbón. Al llegar al suelo apenas podían tenerse en pie. «Vamos, hombres —les dijeron—, por zoquetes os pasa esto. Ved aquí lo que habéis adelantado con vuestra terquedad.

—Que… ¡re-contra! ¿Nos van a fusilar? —preguntó el más significado de ellos.

—Naturalmente —replicó el capitán, con toda la naturalidad del mundo en la entonación de la palabra—. Pues ¿qué queríais?… Vaya, que os traigan un trago de vino.

Chiquio —dijo uno, que era de Borja—, nos mandan al pocico.

—Qué… ¿te pena?

Miá que yo…».

Aterrado se alejó Fago, y no sabía cómo dar la tremenda noticia a las mujeres. No se atrevió a decirles más que esta frase: «Se han rendido… Ahora los de abajo les convidan a vino». Prorrumpieron en chillidos las mujeres, gritando: «Les dan la bebía: es la señal de afusilar».


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