Zumalacárregui
Zumalacárregui —¡Oh!, seguramente.
—Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y el error, no hay más remedio que armar soldados y efectuar con ellos todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de admitir necesariamente los duros castigos, las represalias, etc., etc.
—Luego ¿todo el organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños, la continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes conforme a la política militar, la guerra, en fin, puede ser y es en algunos casos de Dios?
—Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.
—Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital; pero aún andan rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo pregunto: ¿este ejército que defiende la causa de Carlos V contra la causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo que antes llamábamos ejército de Dios.
—Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá estudiado el caso histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos en lo tocante a los derechos augustos de la legitimidad, ni vacilar tampoco en la creencia de que D. Carlos es la religión, la virtud, la moral, el bien de los pueblos.