Zumalacárregui
Zumalacárregui —Sí señor: sentí desgarrado mi corazón, porque yo había ofendido a Ulibarri, porque éste era un hombre honrado y bueno, porque me habían llevado a su presencia para que le perdonase los pecados, y él era, él, quien debla perdonarme a mí los míos. Por eso se conturbó mi alma horrorosamente.
—Y después, al enterrarle, ¿no derramó usted lágrimas amargas, ofrenda de piedad al muerto, y a Dios, que nos enseñó las Obras de Misericordia?
—Sí, señor: lloré, y lloré con el alma, porque yo había ofendido a D. Adrián… Su desastroso fin me anonadaba. Parecíame que era yo quien le había matado.
—Y en aquellos angustiosos minutos, ¿empezó usted a sentirse guerrero?
—Todavía no. En Falces, en Peralta, yo no sé lo que deseaba. El ardiente anhelo de tomar las armas estalló furibundo cuando vi por primera vez de mi vida al General Zumalacárregui, en el momento aquel de bajar de la torre las mujeres de los urbanos.
—¿Cuando las azotó?
—Cuando las azotó… No, no; antes, en el momento de verle aproximarse, látigo en mano.
—Explíqueme usted por qué la presencia del grande hombre del absolutismo, del realismo, mejor dicho, despertó tan súbitamente en usted ese anhelo…