Zumalacárregui
Zumalacárregui —Oh, no crea usted que me parece un disparate —dijo Ibarburu, frotándose los soñolientos ojos—. Yo no me siento, como usted, capaz de tan grande hazaña; pero de que puede y debe realizarse, no tengo duda.
—¿La realizará este buen señor?».
Fatigado ya de tanta conversación, y contemplando con envidia el sueño beatífico del auditor, Ibarburu no respondió sino con monosílabos pronunciados en bostezos: «¿No le parece a usted, amigo Fago, que debemos echamos a dormir y dejar para mejor ocasión eso de si vamos o no vamos triunfantes a Madrid… la semana que viene?».
Dicho esto, empezó a desnudarse, mientras el otro, sin ganas de dormir, se paseaba por el largo aposento, con las manos a la espalda. Temeroso de haberle lastimado con la última expresión, un tanto burlona, agregó Ibarburu palabras afectuosas: «Mañana trataremos de que se presente usted al General y hable largamente con él. Conviene que Don Tomás le conozca… Es hombre muy perspicaz, ¡oh!… gran catador de caracteres… Escóndase el mérito todo lo que quiera; ¡ah!… yo le respondo a usted de que ése lo descubre… y es más, yo le respondo a usted de que lo utiliza.
—¿Le trata usted?