Zumalacárregui
Zumalacárregui —Pone toda su atención en los asuntos de la guerra —indicó Fago disimulando sus pocas ganas de palique—, y no se acuerda de las necesidades corporales: es todo espíritu, y su descanso es un continuo trabajar.
—Dios le conserve ese talentazo y esa actividad prodigiosa. Lo mismo se inquieta de las cosas grandes que de las pequeñas. Pero en la guerra, digo yo, no hay nada insignificante. De cualquier futesa depende el éxito; cualquier descuido trae un desastre; en la última piedrecilla tropieza y cae un ejército.
—Es la pura verdad —dijo Fago, teniendo por discreto al cura, que a primera vista le había parecido tonto—. Un General como éste, que sabe su obligación y mide sus responsabilidades, duerme en la almohada de sus pensamientos, y come en la mesa de sus afanes».
El clérigo torcido y feo se frotó las manos; rasgó su boca en una larga sonrisa, señal de que variaba bruscamente de conversación, y dijo estas palabras no exentas de malicia:
«¿Con que ya tenemos en campaña a su señor tío de usted, el gran pastor navarro?
—No comprendo lo que usted dice, señor cura.
—Que ya tenemos de General en jefe de los cristinos y Virrey de Navarra a su tío de usted, D. Francisco Espoz y Mina. ¡Si ya lo sabe todo el mundo!
—Menos yo, que también ignoraba que fuese sobrino de D. Francisco.