Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault El Rey ordenó que la dejaran dormir en paz, hasta que le llegara la hora de despertarse. El hada buena que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años se hallaba en el reino de Mataquín, a doce mil leguas de allí, cuando le sucedió a la Princesa el accidente; pero al instante le avisó un enanito que tenía botas de siete leguas (eran botas con las que se andaban siete leguas de una sola zancada). El hada partió en seguida, y se la vio llegar al cabo de una hora en una carroza de fuego, tirada por dragones. El Rey fue a ofrecerle la mano cuando bajaba de la carroza. Ella aprobó todo lo que él había hecho. Pero, como era muy previsora, pensó que, cuando la Princesa despertara, se vería muy apurada sola en aquel viejo castillo: veamos lo que hizo. Tocó con su varita mágica todo lo que había en el castillo (excepto al Rey y a la Reina): ayas, damas de honor, camaristas, gentileshombres, encargados, mayordomos, cocineros, marmitones[85], galopines de cocina, guardias, porteros, pajes, lacayos. Tocó también todos los caballos que había en las cuadras, con los palafreneros, los grandes mastines de corral, y la pequeña Puf, la perrita de la Princesa, que estaba a su lado encima de la cama. Apenas los hubo tocado, se durmieron todos para no despertarse hasta el mismo momento que su ama, con el fin de estar todos preparados para servirla cuando lo necesitara; los propios asadores, que estaban puestos al fuego llenos de perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante; las hadas no tardaban mucho en hacer su tarea.