Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Perrault dio cima a la querella publicando varios Paralelos, donde comparaba y contraponía las teorías y logros de antiguos y modernos en materias como las artes, las ciencias, la elocuencia, la poesía, la astronomía, la geografía, la navegación, la guerra, la filosofía, la música y la medicina. Demasiada dispersión para no acabar simplificando. Hay que decir, a fuer de justos, que los resultados no siempre estuvieron a la altura de las intenciones. En su obsesión por presentar el «siglo de Luis» y los modernos como superiores al «siglo de Augusto» y los antiguos, llegó a colocar La Astrea, de Honoré d’Urfé (1567-1625) —una novela pastoril de proporciones desmesuradas, con páginas de gran pureza y sencillez sin duda, pero plagada de digresiones superfluas y conversaciones interminables—, al mismo nivel que la Ilíada, e hizo codearse con Demóstenes y Rafael a hombres como el abogado Antoine Le Maître[127] (1608-1658) o el pintor Charles Le Brun (1619-1690), que a duras penas se los encuentra en las enciclopedias. Y cuando vio, con números en la mano, que los antiguos tenían más baños públicos que los franceses, no por ello se arredró; antes confesó sin rubor que «la limpieza y abundancia de nuestra ropa, que nos dispensa de la insoportable esclavitud de bañarse a cada momento, valen más que todos los baños del mundo». El apasionamiento de Perrault lo llevó a decir estas y otras tonterías semejantes, aunque con la suficiente habilidad para que un enemigo tan implacable como Boileau reconociera, no sin cierta malicia, que «lo hizo usted tan bien, que, de no haber entrado yo en la lid, el campo de batalla, por así decirlo, habría quedado en sus manos». Algo parecido ocurrió con su Apología de las mujeres: tanto esta obra como Grisélidis hay que situarlas en un contexto de defensa de la mujer contra las sátiras de Boileau, para poder excusar, ya que no aprobar las insufribles barbaridades que dijo sobre ellas. Es inevitable concluir con Gilbert Rouger que «ni los cuatro volúmenes de su Paralelo, pese a lo agradable de sus diálogos, ni los flojos alejandrinos de sus poemas cristianos, ni los retratos de Hombres ilustres —al frente de los cuales colocó ingenuamente su propia imagen— habrían bastado para salvar del olvido a aquel moderno de gustos atrasados. Hoy estaría oscuramente relegado a la galería de bustos, con otras víctimas de Boileau, si, por efecto de una gracia imprevista, de un azar casi milagroso, no fuera también el autor de los Cuentos». Pero de ellos hablaremos en seguida.