Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Pero un humor[13] sombrío oscurecía
aquel temperamento valeroso,
que, triste y melancólico[14], le hacía
ver, en su pecho siempre receloso,
al bello sexo infiel y mentiroso:
en la mujer en que resplandecía
el mérito o virtud de más rareza,
él solo un alma hipócrita veía,
un ser lleno de orgullo y altiveza,
un cruel enemigo que, implacable,
solo aspira de modo infatigable
a ejercer un imperio soberano
sobre el hombre infeliz y miserable
que caerá en su mano.
El contacto frecuente con el mundo,
donde no hay más que esposos subyugados
y tantos traicionados,
aumentó aún más en él su odio profundo,
unido al aire ya de sí celoso
del país receloso.
Y así, más de una vez había jurado
que, aunque el cielo, por fin de él apiadado,
hiciera otra Lucrecia[15],
jamás a la ley recia
del himeneo[16] se sometería.
Así pues, cada día,
tras haber la mañana dedicado
