Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault A nadie le parecerá extraño que un niño se haya complacido en componer los cuentos de esta colección, pero sà sorprenderá que haya tenido la osadÃa de ofrecéroslos. Sin embargo, Mademoiselle, por más desproporción que haya entre la simplicidad de estos relatos y las luces de vuestro entendimiento, si se examinan detenidamente estos cuentos se verá que no soy tan vituperable como parezco en principio. Todos encierran una moraleja muy sensata, y que se descubre más o menos según el grado de penetración de los que los leen; además, como nada denota tanto la grandeza de alma como poder elevarse hasta las cosas más grandes y al mismo tiempo abajarse hasta las más pequeñas, nadie se sorprenderá de que la misma princesa a quien la Naturaleza y la educación han familiarizado con lo más elevado no desdeñe complacerse en semejantes bagatelas. Es verdad que estos cuentos ofrecen una imagen de lo que sucede en las familias más modestas, donde la loable impaciencia por instruir a los niños hace imaginar historias desprovistas de razón, para acomodarse a esos mismos niños que no la tienen todavÃa; pero ¿a quién conviene más saber cómo viven los pueblos que a las personas a quien el cielo destina a conducirlos? El deseo de saberlo empujó a los héroes, y aun a héroes de vuestra raza, hasta las chozas y las cabañas, para ver de cerca y por sà mismos lo más peculiar de lo que en ellas sucedÃa, habiéndoles parecido necesario saberlo para su perfecta instrucción. Sea como fuere, Mademoiselle,