Pulgarcito
Pulgarcito La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:
—Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
—Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:
—¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.
Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.