Pulgarcito
Pulgarcito El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirÃan y que ella bien lo habÃa dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentÃa lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decÃan. La leñadora estaba deshecha en lágrimas.
—¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:
—¡Aquà estamos, aquà estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
—¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para limpiarte.
Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina.