La educacion del estoico

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La primera vez que tuve una noción clara de este terrible interés que tengo por mí mismo y por lo que antiguamente consideré mas propio, fue cuando un día, estando lejos de casa, oí el estruendo de un fuego que me pareció que venía de la parroquia. Se me ocurrió que tal vez el fuego hubiera prendido en mi casa, pero, por otra parte, no fue así. Y así como antiguamente, el pavor de que pudieran perderse mis manuscritos se habría apoderado de toda mi alma, noté con doble asombro que la posibilidad de que el fuego hubiera prendido en mi casa me dejaba indiferente, casi feliz ante la idea de que, al destruirse esos manuscritos, mi vida se simplificaría. Antiguamente, la pérdida de mis manuscritos, de la obra fragmentaria más cuidada de mi vida, me habría llevado a la locura; ahora ya la contemplaba como un incidente azaroso de mi destino, no como un golpe mortal capaz de aniquilar mi propia personalidad al aniquilar sus manifestaciones.

Entonces empecé a comprender cómo acaba por cansar de todo el esfuerzo continuo de la perfección inalcanzable, y comprendí a los grandes místicos y a los grandes ascetas, que reconocen en el alma la futilidad de la vida. ¿Qué habría de mí en aquellos papeles escritos? Antes habría dicho: «todo»; hoy diría: «nada», o «poco», o «algo extraño».


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