La educacion del estoico

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En el jardín de Epicteto

Lo apacible de ver estos frutos, y la frescura que ofrecen estos árboles frondosos son —dijo el Maestro— otras tantas solicitaciones de la naturaleza para que nos entreguemos a las mejores delicias de un pensamiento sereno. No hay mejor hora para meditar sobre la vida, aunque sea inútil, que ésta en que, sin que el sol esté en el ocaso, la tarde ya ha perdido el calor del día y parece que llega un viento de los campos enfriados.

Son muchas las cuestiones que tratamos, y mucho es el tiempo que perdemos en descubrir que nada podemos hacer al respecto. Dejarlas de lado, como quien pasa sin querer ver, sería mucho para el hombre y poco para dios; entregarnos a ellas, como quien se entrega a un señor, sería vender lo que no tenemos.

Sosegaos conmigo a la sombra de los árboles verdes, que no albergan más pensamiento que el de secar las hojas cuando llega el otoño, y estirar múltiples dedos yertos al cielo frío del invierno pasajero. Sosegaos conmigo y pensad cuán inútil es el esfuerzo, y extraña la voluntad, y la propia meditación, que no es más útil que el esfuerzo, ni más nuestra que la voluntad. Pensad también que una vida que no quiere nada no puede pensar en el decurso de las cosas, pero una vida que lo quiere todo tampoco puede pensar en el decurso de las cosas, porque no puede obtenerlo todo. Y obtener menos que todo no es digno de las almas que buscan la verdad.


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