Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No sé si duermo o si siento que duermo. No sueño una pausa cierta, pero reparo, como si estuviese a punto de despertar de un sueño no dormido, en los primeros ruidos de la vida de la ciudad, subiendo, como una riada, desde un lugar incierto, ahí abajo, donde permanecen las calles que Dios ha levantado. Son ruidos alegres, amortiguados por la tristeza de la lluvia que cae o tal vez cayó —no la oigo ahora—, es sólo el gris excesivo de la luz agrietada más lejos que me da, en las sombras de una claridad enfermiza, insuficiente para esta hora de la madrugada, que no sé cuál es… Son sueños alegres y dispersos y me duelen en la consciencia como si me viniesen a invitar, con ellos, a un examen o a una ejecución. Cada día, si lo oigo despertar de la cama donde ignoro, me parece el día de un gran hecho mío que no tendré el coraje de afrontar. Cada día, si lo siento alzarse del lecho de las sombras, y como un caer de las ropas de la cama por las calles y las callejas, viene a llamarme al tribunal. Seré juzgado en cada hoy que venga. Y el condenado perenne que hay en mí, se agarra al lecho como a la madre que perdió y acaricia la almohada como si la criada lo defendiera de la gente.