Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Ahora mismo, que estoy sin hacer nada en la oficina, pues todos se han ido a almorzar menos yo, observo a través de la ventana empañada, al viejo bamboleante que recorre con lentitud el paseo del otro lado de la plaza. No va borracho, sino soñador. Está atento a lo inexistente, e incluso puede que aún espere algo. Que los dioses, caso de ser justos en su justicia, nos conserven los sueños aunque sean imposibles, y nos ofrezcan buenos sueños, aunque sean corrientes. Hoy, cuando aún no soy viejo, me permito soñar con las islas del Sur y con las Indias imposibles; mañana tal vez los mismos dioses me concedan el sueño de ser propietario de un estanco pequeño, o jubilado en una casa de los alrededores. Cualquiera de los sueños es el mismo, puesto que todos son sueños. Cámbienme los dioses de sueños, pero no el don de soñar.
Mientras esto pensaba, el viejo se ha esfumado de mi vista. No lo veo ya. Abro la ventana para ver mejor. Ni aún así consigo verlo. Se ha ido. Ha tenido para mí el deber visual de un símbolo; pero ha acabado por doblar la esquina. Si me dijeran que ha doblado la esquina absoluta y que nunca ha estado ahí, lo aceptaría con el mismo ademán con que ahora cierro la ventana.
¿Conseguir?…