Libro del desasosiego
Libro del desasosiego A muchos les parecerá que mi diario, hecho para mí, es artificial en exceso, pero es en mí natural ser artificial. ¿Con qué otra cosa habría de entretenerme, pues, si no fuera con escribir cuidadosamente estos apuntes espirituales? Por otra parte, los escribo con descuido. Del mismo modo, con ese mismo descuido por el refinamiento los agrupo. Pienso obviamente en este mi lenguaje primoroso.
Soy alguien para quien el mundo exterior es una realidad interior. No siento esto metafísicamente, sino con los mismos sentidos por los que conocemos la realidad.
Nuestra frivolidad de ayer es hoy una nostalgia constante que me corroe la vida.
Hay claustros en esta hora. Es tarde ya para los desdenes. En los ojos azules de los estanques una última desesperanza refleja la muerte del sol. Nosotros formábamos parte de los parques antiguos. De tan voluptuoso modo estábamos compenetrados con las estatuas, con el diseño inglés de las alamedas. Vestidos, espadines, pelucas, contoneos y cortejos formaban parte de esa misma sustancia con que había sido hecho nuestro espíritu. ¿Nosotros? ¿Quiénes éramos nosotros? Sólo un surtidor en un jardín desierto, un chorro menos alto en su triste pretensión de volar.