Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Sé indiferente. Ama el atardecer y el alba, porque en el amarlos no hay utilidad alguna, ni siquiera para ti. Viste tu ser con el dorado de la tarde muerta, como rey depuesto en mañana de rosas, con Mayo en las nubes blancas y la sonrisa de las vírgenes en los apartados campos. Muera tu ansia entre mirtos, acabe tu hastío entre tamarindos y el rumor del agua acompañe a todo esto como un atardecer a orillas del río, sin otro sentido salvo correr, eterno, hacia mareas remotas. El resto será la vida que nos abandona, la llama que muere ante nuestra mirada, la púrpura ajada antes de vestirnos con ella, la luna que vela nuestro desamparo, las estrellas que extienden su silencio sobre nuestra hora del desengaño. Asidua, la amargura estéril y amiga que nos aprieta contra sí, amorosamente.
Mi destino es la decadencia.
Mis dominios fueron antaño, los valles profundos. El rumor del agua que nunca sintió la sangre, riega el oído de mis sueños. Las copas de los árboles que se olvidan de la vida, eran verdes en mis olvidos. La luna era fluida como el agua entre las piedras. Nunca vino el amor a aquel valle, por eso todo era feliz. Ni sueño, ni amor, ni dioses en los templos, pasando entre la brisa en la hora siempre única y sin que hubiera nostalgia de las creencias más ebrias o excusables.