Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Todavía, por entre la frescura abierta de mi única ventana, se oían caer desde los tejados los goterones de la lluvia acumulada. Aunque tibio, se sentía el frescor de cuando ha llovido. El cielo era de un azul conquistador y las nubes que había dejado la lluvia derrotada o cansada cedían, retirándose hasta la parte del castillo, los caminos legítimos del cielo.
Era una buena ocasión para estar alegres; algo me pesaba sin embargo, un ansia desconocida, un deseo sin definición y un poco vulgar. Se retrasaba, tal vez, la sensación de estar vivo y cuando me asomé a la altísima ventana, sobre la calle que miré sin verla apenas, me sentí de golpe como una de aquellas húmedas bayetas de limpiar mugre, que se ponen a secar en las ventanas y acaban por olvidarse, enrolladas sobre el alféizar, al que acaban por ensuciar, muy lentamente.
En un recoveco de la playa cerca del mar, entre la maleza y las dunas de la orilla, se alzaba desde la incertidumbre del abismo imposible la inconstancia del deseo enardecido. No tendría que escoger entre el trigo y los muchos [sic] y la distancia se mantenía entre los cipreses.
