Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No son las paredes corrientuchas de mi cuarto, ni las mesas viejas de mi oficina, ni la pobreza de las calles intermedias de la Baixa, tantas veces recorridas por mí, que hasta me parecen haber usurpado la fijación de lo irreparable, las que determinan en mi espíritu la náusea, tan frecuente en él, de la cotidianidad injuriosa de la vida. Son las personas que me rodean habitualmente, son las almas que al desconocerme, todos los días me conocen en la convivencia y la charla, que me ponen en la garganta del espíritu el nudo salivar del embarazo físico. Es la sordidez monótona de sus vidas, igual en su apariencia a la mía, es la conciencia íntima de que son mis semejantes, lo que me viste con el traje de rayas del presidiario, me da la celda del recluso y me convierte en apócrifo y mendigo.
Hay momentos en que cada pormenor de lo vulgar me interesa en su propia existencia y tengo por todo la manía de saber leer en todo claramente. Entonces observo —como Vieira comenta de las descripciones de Sousa— lo común desde la singularidad, y soy poeta con aquel mismo alma con que la crítica de los griegos selló la edad intelectual de la poesía. Pero hay momentos, y éste que me oprime ahora es uno de ellos, en que me siento más a mí que a las cosas externas y todo se me convierte en una noche de lluvia y fango, perdido en la soledad de un apeadero donde se bifurcan las vías, entre dos trenes de tercera.
