Libro del desasosiego

Libro del desasosiego

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El Tajo, al fondo, es un lago azul y los montes de la Otra Banda son los de una Suiza achatada. Zarpa un barco pequeño —un vapor negro de carga— por el lado de Poço do Bispo hacia la barra que no puedo ver. Que los dioses todos me conserven, hasta la hora en que acabe este aspecto mío, la noción clara y solar de la realidad externa, el instinto de mi insignificancia, la comodidad de ser pequeño y el pensar en ser feliz.

[166]

He leído siempre con contrariedad en el diario de Amiel las referencias que recuerdan que también él publicó libros. Su figura se me quiebra allí. ¡Qué grande, si no fuese por eso!

El diario de Amiel me duele siempre por mi causa.

Cuando llego a ese punto donde dice que Scherer describió el fruto del espíritu como si fuera «la consciencia de la consciencia», siento una referencia concreta y directa hacia mi alma.

[167]

No creo en el paisaje. Sí. No lo digo porque crea, como Amiel, «que el paisaje es un estado del alma», uno de esos buenos aciertos verbales de la más insoportable interioridad. Lo digo porque no lo creo.

[168]

(lunar scene)

Todo el paisaje no está en ninguna parte.

[169]

Me gustaría estar en el campo para que me pudiera gustar estar en la ciudad. Me gustaría, al margen de eso, estar en la ciudad aunque así mis gustos fueran dos.


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