Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Leo como quien se abandonara a todo. Y, así como la corona y el manto real nunca son tan grandiosos como cuando el Rey, al moverse, los arrastra por el suelo, depongo sobre los mosaicos de los vestíbulos todos mis triunfos de sueño y de tedio y subo la escalinata con la única nobleza de estar viendo.
Leo como quien está de paso. Y es en los clásicos y en los sosegados, en los que sufren sin hacerse notar, que me siento sagrado transeúnte, ungido peregrino contemplador sin razón de un mundo sin propósito, Príncipe del Gran Exilio que al partir ha entregado al último mendigo la extrema limosna de su desolación.
No conozco placer como el de los libros y eso que leo poco. Los libros son representaciones de los sueños y no necesita de representaciones quien, con la facilidad de la vida, entra en conversación con ellos. Nunca pude leer un libro entregándome a él; siempre, a cada paso, el comentario de la inteligencia o de la imaginación me desviaba del hilo de la propia narración. Al cabo del rato, quien escribía era yo y lo que estaba escrito no aparecía ya por ninguna parte.
