Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Así soy yo. Cuando quiero pensar, veo. Cuando quiero descender a mi alma, me quedo parado de repente, olvidado, en el comienzo de una profunda escalera de caracol, viendo por la ventana del piso alto el sol que al despedirse remoja el apiñamiento difuso de los tejados.
Hoy, como quiera que me oprimiese la sensación del cuerpo aquella angustia antigua que a veces nos desborda, ni he comido bien ni he bebido como es mi costumbre en el restaurante o casa de comida, en cuyo altillo baso la continuación de mi existencia. Y, como al salir de allí, el camarero viese que la botella de vino quedó a la mitad, se volvió hacia mí y dijo: «hasta luego, señor Soares, deseo que se mejore».
Al toque de clarín de esta frase simple, mi alma se alivió como si en un cielo de nubes el viento, de repente, las apartase. Entonces reconocí lo que nunca llegué a reconocer con claridad, que entre estos camareros de café o de restaurantes, entre los barberos, entre los recaderos de las esquinas, despierto una simpatía espontánea, natural, que no puedo enorgullecerme de recibir de los que mantienen conmigo mucha más intimidad, impropiamente dicha…
La fraternidad tiene sutilezas.
