Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Había una quietud en el volar de las gaviotas, que parecían aún más leves que el aire, como abandonadas en él por cualquiera. Nada respiraba. La tarde caía sobre nuestro desasosiego; el aire se refrescaba intermitentemente.
¡Pobres esperanzas albergadas, salidas de la vida que pude conseguir! Son como esta hora y este aire, nieblas sin niebla, rotos hilvanes de falsa tormenta. Tengo ganas de gritar, para así acabar con el paisaje y la meditación, pero hay como olor a mar en mi propósito, y mi bajamar ha dejado al descubierto la negrura fangosa de ahí afuera y sólo veo por el olor.
¡Tanta inconsecuencia en querer bastarme! ¡Tanta consciencia sarcástica ante supuestas sensaciones! Tanto enredo en el alma con estas sensaciones, en los pensamientos con el aire y el río, para acabar diciendo que me duele la vida en el olfato y en la consciencia, por no saber decir, con una frase simple y clara, aquello del Libro de Job: «Mi alma está cansada de mi vida».
No sé con qué suave caricia, tanto más suave cuanto menos caricia, la brisa incierta me trae a la tarde y a la comprensión. Sé que el tedio que sufro se me ajusta mejor, por un momento, como el vestido que deja de rozarnos la llaga.
