Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Paso por una calle y veo en la cara de los transeúntes, no la expresión que en realidad tienen, sino la expresión que me dedicarían si supiesen de mi vida, de cómo soy, si acaso dejara transparentar mis gestos y en mi rostro se transluciese la ridícula y tímida anormalidad de mi alma. En ojos que ni siquiera me miran, sospecho burlas que encuentro naturales, dirigidas contra la excepción farragua que yo soy entre un mundo de gente que vive y goza; en el supuesto fondo de fisonomías que pasan burlándose de la aperreada gesticulación de mi vida, adivino una consciencia en la que me sobrepongo e interpongo. Después, luego de pensar en esto, intento convencerme de que es de mí y sólo de mí que la idea de la burla y del oprobio brota. No puedo apartar de mí la imagen de verme ridículo, una vez objetivado en los otros. Me siento de repente sofocado y lleno de dudas en un invernadero de mofas y hostilidades. Todos me apuntan con el dedo desde el fondo de sus almas. Me lapidan con alegres y desdeñosas mofas todos los que pasan a mi lado. Camino entre fantasmas enemigos que mi imaginación enferma imaginó y localizó en personas reales. Todo me abofetea y me escarnece y a veces, en mitad de la calle, inobserbado como siempre, me detengo, dudo, busco una nueva dimensión, una puerta abierta hacia el interior del espacio, hacia la otra orilla del espacio, donde sin perder un segundo huya de mi consciencia de los otros, de mi intuición excesivamente objetivada de la realidad de las vivas almas ajenas.