Libro del desasosiego

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Me oyó leer mis propios versos —que ese día leí bien porque leía distraído— y me dice con la simplicidad de una ley natural: «usted, así, con otra cara, sería un buen embaucador». La palabra «cara», más que la referencia que contenía, se alzó de mí a través del cuello que no me conozco. Vi en el espejo de mi cuarto mi pobre rostro de mendigo sin pobreza; y, de repente, el espejo se giró y el espectro de la Rua dos Douradores se abrió ante mí como el nirvana de un cartero.

La sagacidad de mis sensaciones llega a ser una enfermedad que me es ajena. La sufre otro, de quien yo soy la parte enferma, puesto que de verdad siento como si dependiera de una mayor capacidad de sentir. Soy como un tejido especial, o una célula incluso, sobre la cual pesase toda la responsabilidad de un organismo.

Si pienso es porque divago; si sueño es porque estoy despierto. Todo en mí se embrolla conmigo y no hay manera de saber ser.

[246]

Cada vez que viajo, viajo mucho. El cansancio que traigo conmigo de un viaje en el tren de Cascais, es como el de haber recorrido, en tan pequeño trayecto, los paisajes rurales y urbanos de cuatro o cinco países.


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