Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No sé qué efecto sutil de luz o rumor, o memoria de música o perfume, tocada por no sé qué influencia externa, me ha traído de golpe, en pleno andar por la calle, estas divagaciones que escribo sin prisas, ya sentado en el café, distraídamente. Ni sé hacia dónde me conducirán los pensamientos ni hacia dónde me gustaría conducirlos. El día es de una leve neblina húmeda y caliente, triste sin amenazas, monótono sin razón. Me duele algún sentimiento desconocido; me falta algún argumento sobre no sé qué; me falta la voluntad en los nervios. Estoy triste por dentro de la conciencia. Escribo estas líneas mal anotadas, no para decir esto, no para decir algo, sino para dar alguna ocupación a mi indiferencia. Me voy llenando lentamente, a trazos blandos de lápiz sin punta —sin la menor intención de afilarlo— el papel blanco de envolver bocadillos que me han dado en el café, porque no necesitaba nada mejor y me servía, siempre que fuese blanco. Y me doy por satisfecho. Me inclino. La tarde cae monótona y sin lluvia, en un tono de luz desalentado e incierto… Y dejo de escribir porque dejo de escribir.