Libro del desasosiego
Libro del desasosiego El coche descendía con lentitud hacia las avenidas. A medida que se aproximaba a los mayores conjuntos de casas, una sensación de pérdida le iba ganando vagamente el espíritu. La realidad humana comenzaba a despuntar.
En estas horas matinales cuando las sombras ya han desaparecido, pero no su peso leve, al espíritu que se deja llevar por los reclamos del momento le apetece la llegada y el puerto antiguo al sol. Alegraría, no que el instante se fijara, como en los momentos solemnes del paisaje, o en el tranquilo reflejo de luna sobre el río, sino que la vida hubiese sido otra, de modo que este momento pudiese tener otro sabor más particular.
Se adelgazaba aún más la incierta niebla. El sol invadía más las cosas. Los sonidos de la vida se acentuaban alrededor.
En una hora como ésta, sería bueno no llegar jamás a la realidad humana para la que se destina nuestra vida. Quedar en suspenso, entre la niebla y la mañana, imponderablemente, no en espíritu, sino en cuerpo espiritualizado, en vida real alada, agradaría más que ninguna otra cosa a nuestro deseo de buscar un refugio, aunque no tengamos la menor razón para buscarlo.