Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Siempre he sido un soñador irónico, infiel a las promesas interiores. He disfrutado siempre, como otro y como extranjero, de las derrotas de mis escarceos, asistente casual del que pensé ser. Nunca he dado crédito a aquello en lo que creí. Me he llenado las manos de arena y le llamé oro, he abierto toda la mano, y la arena se escurrió. La frase ha sido la única verdad. Con la frase dicha todo estaba hecho. Lo demás era la arena de siempre.
Si no fuese por el soñar continuo, por el vivir en un perpetuo desapego, podría, de buen grado, llamarme un realista, es decir, un individuo para quien el mundo exterior es una nación independiente. Pero prefiero no darme un nombre, ser lo que soy con una cierta oscuridad y tener conmigo la malicia de no saber preverme.
Tengo el cierto deber de soñar siempre, pues, no siendo más ni queriendo ser más que un espectador de mí mismo, tengo que ofrecerme el mejor espectáculo posible. Así me construyo a base de oros y de sedas, en salones de mentira, escenario falso, decorado antiguo, sueño creado entre juegos de luces tenues y músicas invisibles.
