Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Pienso que en un mundo civilizado y perfecto no habría más arte que el de la prosa. Dejaríamos las puestas de sol para las puestas de sol, cuidando apenas, artísticamente, de comprenderlas verbalmente, transmitiéndolas en música inteligible y colorida. No haríamos esculturas con los cuerpos que guardarían íntegros, vistos y tocados, su relieve móvil o su tierna suavidad. Haríamos casas sólo para vivir en ellas que es, al fin, para lo que están hechas. La poesía se aplicaría para que los niños se fuesen acercando a la prosa futura, pues la poesía es, sin duda, algo infantil, nemotécnico, auxiliar y de inicio.
Hasta las artes menores, o las que así podemos llamar, se reflejan, murmurantes, en la prosa. Hay prosa que baila, que canta, que se declama a sí misma. Hay ritmos verbales que pueden ser bailados, donde la idea se desnuda sinuosamente en una sensualidad translúcida y perfecta. En la prosa existen también sutilezas convulsas en las que un gran actor, el Verbo, transmuta a través del ritmo, el misterio impalpable del Universo en una sustancia corpórea.
Podemos morir si solamente amamos.