Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Me crispa, además, toda idea de estar condenado a un contacto con los demás. Una simple invitación para almorzar con un amigo, me produce una angustia difÃcil de definir. La idea de una obligación social cualquiera —asistir a un entierro, tratar con alguien algún asunto de la oficina, ir a la estación a esperar a una persona cualquiera, conocida o desconocida—, sólo esa idea me destroza los pensamientos de un dÃa, y a veces mi preocupación alcanza hasta la misma vÃspera, cuando comienzo a preocuparme y duermo mal, y el caso real, cuando se da, es absolutamente insignificante, no justificado por nada; la situación se repite y yo no aprendo jamás a aprender.
«Mis hábitos vienen de la soledad, no de los hombres»; no sé si fue Rousseau o Senancour el que asà dijo. Pero tuvo que ser algún espÃritu de mi especie —no podré acaso decir de mi raza.
Varias veces, en el transcurso de mi vida oprimida por las circunstancias, me ha sucedido, cuando quiero liberarme de ellas, que me he visto rodeado por otras del mismo orden, como si en definitiva hubiese una enemistad en mi contra en la trama incierta de las cosas. Me arranco del cuello una mano que me ahoga. Veo que en la mano, con la que quité la mano, llega una lazada que me cae sobre el cuello como gesto liberador. Aparto con sumo cuidado la lazada y con las propias manos casi me estrangulo.
