Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Oh alcohol de las grandes palabras y de las ampulosas frases que como olas levantan la respiración de su ritmo y se deshacen sonriendo en la ironía de las culebras de espuma, en la magnificencia triste de las penumbras.
Los archivadores de cosas, que son aquellos hombres de ciencia cuya ciencia consiste sólo en clasificar, ignoran en general, que lo clasificable es infinito, no pudiéndose, por tanto, clasificar. Pero lo que de verdad me sorprende, es que ignoren la existencia de clasificaciones inauditas, cosas del alma y de la conciencia que se encuentran en los intersticios del conocimiento.
Acaso por pensar demasiado o soñar de más, lo cierto es que no soy capaz de distinguir entre la realidad existente y el sueño, que es la realidad que no existe. Tal es así, que intercalo en mis meditaciones sobre cielo y tierra, cosas que no brillan al sol ni se pisan con los pies —maravillas fluyentes de la imaginación.
Me doro con ficticios atardeceres, pero lo ficticio está vivo en la ficción. Me alegro de las brisas imaginarias, pero lo imaginario vive cuando uno se lo imagina. Tengo alma en virtud de varias hipótesis, pero esas hipótesis tienen alma propia, y me dan, por tanto, la que tienen.
