Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Y es esto lo que siento ante la plácida belleza de una tarde que acaba imperecederamente. Miro hacia el cielo alto y claro, donde cosas vagas, rosadas como sombras de nubes, son la pelusa impalpable de una vida alada y remota. Bajo los ojos sobre el río, donde el agua, levemente trémula, es de un azul que parece espejeado en un cielo más profundo. Alzo de nuevo los ojos al cielo y hay ya, entre lo que es verdaderamente colorido sin deshacerse en jirones sobre el aire invisible, un tono algendo [sic] de blanco deslavazado, como si una cosa de entre las cosas, allí donde son más altas y frustradas, experimentase un tedio natural y propio, una imposibilidad de ser lo que es, un cuerpo imponderable de angustia y desolación.
¿Y qué? ¿Qué es lo que hay en el aire alto que no haya en el aire alto, que es nada? ¿Qué hay en el cielo sino un color que ni siquiera es propio? ¿Qué hay en estos jirones menores que nubes, de los que llego a dudar, sino unos reflejos de luz procedentes de un sol ya sumiso? ¿Qué es lo que hay en todo esto sino yo? Ah, pero el tedio es eso, eso. ¡Es que en todo esto —cielo, tierra, mundo—, lo que existe más allá de todo esto, soy yo, sin más!
Contemplo los paisajes soñados con idéntica claridad que los reales. Cuando me inclino sobre mis sueños, me estoy inclinando sobre cualquier otra cosa. Cuando veo la vida pasar, sueño cualquier cosa.