Libro del desasosiego

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No sé cómo, pero pasamos a saludarnos desde ese mismo día. Cualquier otro día en que se dio la coincidencia absurda de entrar juntos a comer en el restaurante a las nueve y media, nos enfrascamos en una charla casual. En determinado momento me preguntó si yo escribía. Le respondí que sí. Le hablé de la revista Orpheu, que había salido hacía poco. Él la elogió, la elogió bastante y eso me sorprendió de veras. Me permití hacerle saber que aquello me llenaba de asombro, pues el arte de quienes escriben en Orpheu suele ser para muy pocos, a lo que me respondió que acaso él fuese de esos pocos y que un arte como aquel no guardaba novedades para él y tímidamente observó que no teniendo dónde ir ni qué hacer, amigos que visitar o interés en leer libros, solía pasar las noches en su cuarto alquilado, escribiendo también.

*

Amuebló —es imposible que no lo hiciera a costa de algunas cosas esenciales— con un cierto y relativo lujo sus dos cuartos. Puso especial cuidado con las sillas —de brazos, mullidas y profundas—, con los cortinajes y las alfombras. Decía que así se creaba un interior «que mantenía la dignidad del tedio». En el cuarto moderno, el tedio se vuelve incomodidad, tribulación física.


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