Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Las guerras y las revoluciones —siempre hay una u otra en curso— llegan en la lectura de sus efectos, a causar no horror, sino hastÃo. No es la crueldad de todos esos muertos y heridos, ni el sacrificio de todos cuantos mueren peleando, o caen muertos sin combatir, lo que pesa con dureza en el alma. Es la estupidez que sacrifica vidas y haciendas por cualquier cosa inevitablemente inútil. Todos los ideales y todas las ambiciones son un desvarÃo de verduleras hombres. No hay imperio que justifique el destrozar una muñeca. No hay ideal que merezca el sacrificio de un tren de hojalata. ¿Qué imperio es útil o qué ideal provechoso? Todo es humanidad y la humanidad es siempre la misma —variable pero no perfeccionable, cambiante, pero sin moverse de su sitio—. Ante el curso inimplorable de las cosas, la vida nuestra de la que no sabemos cómo ni cuándo la perderemos, el juego de diez mil ajedreces que es la vida en común y lucha, el cansancio de contemplar sin utilidad alguna lo nunca realizado […] —qué puede hacer el sabio salvo pedir una tregua, no tener que pensar en vivir, un poco de sitio bajo el sol o al aire o, al menos, el sueño de que hay paz al otro lado de los montes.
El mundo, basurero de fuerzas instintivas, que en todo caso brilla al sol con tonos rasgados de oro claro y oscuro.
