Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Pasé, vi y al contrario de ellos, vencí. Mi victoria consistió en ver. Reconocí en su identidad a todos los contertulios inferiores: vine a encontrar aquí, en la casa donde tengo mi cuarto, idéntica sordidez del alma que la que me revelaron los cafés, salvo, gracias a los dioses, la noción de triunfar en París. La dueña de esta casa sueña con Avenidas Nuevas en algunos de sus momentos de ilusión, pero está a buen recaudo de lo extranjero y por eso mi corazón se enternece.
Conservo de ese pasaje, tumba de la voluntad, la memoria de un aburrimiento nauseabundo y de algunas anécdotas ingeniosas.
Van a un entierro y parece que, ya camino del cementerio, el pasado se les ha quedado en el café, pues va callado ahora.
… y la posterioridad jamás los reconocerá, parapetados de ella bajo la mole podrida de los pendones ganados en sus chácharas victoriosas.
Una opinión es una descortesía, incluso cuando no es sincera.
Toda sinceridad es una intolerancia. No hay liberales sinceros. Por otra parte, no hay liberales.
