Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Todos los accidentes desgraciados de nuestra vida en los que fuimos ridículos o abyectos o impuntuales, considerados a la luz de nuestra íntima serenidad, son incómodos compañeros de viaje. En este mundo de viajantes, voluntarios o involuntarios, entre la nada y la nada o entre el todo y el todo, tan sólo somos pasajeros que no deben dar demasiada trascendencia a las dificultades del camino, ni a las contundencia de la trayectoria. Me consuelo con esto, y no sé si es que me consuelo sin más, o es que hay algo que me pueda consolar. Pero el consuelo ficticio se torna verdadero cuando dejo de pensar en él.
¡Hay tantos otros consuelos! Está el cielo azul en lo alto, limpio y sereno, donde flotan siempre unas nubes imperfectas. Hay una brisa leve que agita las ramas más densas de los árboles, cuando se trata del campo, y hace oscilar las ropas tendidas, en los cuartos
o los quintos pisos, cuando se trata de la ciudad. Está el calor o el fresco, si es que los hay, y siempre, en el fondo, un recuerdo con su nostalgia o su esperanza, y una sonrisa mágica sobre la ventana del mundo, lo que deseamos al golpear la puerta de lo que somos, como mendigos que son Cristo.
¡Hace tanto que no escribo! He pasado en sólo unos días por siglos de renuncia incierta. Me quedé bloqueado como un lago desierto entre paisajes inexistentes.
