Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Quien está en un rincón del salón baila tanto como todos los bailarines. Lo ve todo y al verlo todo, todo lo vive. Como todo, en suma, es una sensación nuestra, tanto vale el contacto con un cuerpo, como su visión, o incluso su mismo recuerdo. Bailo, por tanto, cuando veo bailar. Digo como el poeta inglés que contemplaba tumbado sobre la hierba lejana, tres segadores: «Hay un cuarto segando, que soy yo».
Digo esto tal y como lo siento a propósito del gran cansancio, aparentemente sin causa, que se ha abatido hoy, de pronto, sobre mí. Estoy no sólo cansado, sino desconsolado y el desconsuelo no sé de dónde viene. Estoy, a causa de la angustia, a punto de las lágrimas —no de las lágrimas que se lloran, sino de las que se reprimen, lágrimas de un dolor del alma, que nada tienen que ver con el dolor sensible.
¡He vivido tanto sin haberlo vivido! ¡He pensado tanto sin haberlo pensado! Pasan sobre mí mundos de violencias larvadas, de aventuras sin movimiento. Estoy harto de lo que no he tenido ni tendré, aburrido de dioses que no existen. Acarreo conmigo las heridas de cuantas batallas evité. Mi cuerpo muscular está molido del esfuerzo que no he pensado siquiera en hacer.