Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Vuelve a su vehículo. Sube a la azotea. La ciudad duerme bajo el polvo. Allí, entre los restos del mundo, comienza a preguntarse si hay algo real en lo que aún pueda creer.
—He matado seis —dice en voz baja—. Pero no sé a quién.
Y entonces, en el horizonte, algo se mueve.
Rick, exhausto, siente que ha cruzado un umbral invisible. Ha cumplido su tarea. Ha eliminado a los seis Nexus-6. Pero no hay alivio, ni paz. Solo una punzada hueca que no se va.
En la cima de una colina, en un paisaje estéril, ve a Mercer. No con los ojos, sino con la caja empática. Se conecta por última vez, buscando respuestas. Y Mercer aparece. Viejo, deshecho, eternamente en ascenso.
—Has hecho lo que debías —dice Mercer—. Pero eso no cambia nada. El dolor sigue. La duda también.
Rick no entiende. Ha cumplido con su deber. ¿Por qué entonces se siente más androide que humano?
—No hay redención —susurra Mercer—. Solo camino.
La visión lo abandona. Y Rick, buscando algo tangible, algo vivo, se interna en el desierto. Quiere aislarse. Desaparecer del mundo humano, del artificial. Solo. Sin Iran. Sin Rachael.
