Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esa noche, Rick vuelve a mirar el catálogo Sidney de animales. No busca precios. Busca nombres. Necesita recordar qué especies han desaparecido. Qué sueños ya no se pueden comprar.
Y por primera vez, no marca ningún código en el climatizador del ánimo. Porque quiere sentir lo que sea que venga. Aunque duela. Aunque sea vacío.
En un mundo construido sobre apariencias, Rick ha descubierto que la única diferencia real entre humanos y androides... no es la biología, sino la voluntad de cargar con las cicatrices.
El último amanecer de esta historia no trae consuelo, ni promesas. Trae polvo. El cielo de San Francisco sigue gris, contaminado, igual que siempre. Pero algo dentro de Rick Deckard ha cambiado.
Sube a la azotea. Allí, entre cables sueltos y pasto seco, yace la carcasa destrozada de su oveja eléctrica. No la recoge. No la repara. Solo la observa. No como una pérdida material, sino como el símbolo de una vida que ya no puede sostener con mentiras.
—Era solo una máquina —dice en voz baja.
Pero sabe que esa afirmación también se ha vuelto ambigua. ¿Qué no lo es, en este mundo?
