Crátilo

Crátilo

HERMÓGENES[2]. —Ve aquí, mi querido Sócrates, a Crátilo, que pretende que cada cosa tiene un nombre, que la es naturalmente propio; que no es un nombre aquel de que se valen algunos, después de haberse puesto de acuerdo, para servirse de él; y que un nombre de tales condiciones solo consiste en una cierta articulación de la voz; sosteniendo, por lo tanto, que la naturaleza ha atribuido a los nombres un sentido propio, el mismo para los griegos que para los bárbaros. Entonces yo le he preguntado, si Crátilo es verdaderamente su nombre o no lo es. El confiesa que tal es su nombre. ¿Y el de Sócrates?, le dije. Sócrates, me respondió. Y respecto de todos los demás hombres, el nombre con que los designamos, ¿es el de cada uno de ellos? No, dijo; tu nombre propio no es Hermógenes, aunque todos los hombres te llaman así. Y aunque yo le interrogo con el vivo deseo de comprender lo que quiere decir, no me responde nada que sea claro, y se burla de mí. Finge pensar en sí mismo cosas, que si las hiciera conocer claramente, me obligarían sin duda a ser de su opinión, y a hablar como él habla. Por lo tanto, si pudieses, Sócrates, explicarme el secreto de Crátilo, te escucharía con mucho gusto; pero tendré mucho más placer aún en saber de tus labios, si consientes en ello, qué es lo que piensas acerca de la propiedad de los nombres.



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