Dialogos I
Dialogos I —Tu compañero y admirador Micco —me contestó.
—Pues, por Zeus, que no es malo el hombre, sino un maestro muy capaz.
—¿Quieres, pues, seguirnos —dijo— y ver asà a los que están dentro?
b—Primero me gustarÃa oÃr para qué es para lo que entro y quién es vuestro favorito.
—A unos les parece uno —dijo— y a otros otro, Sócrates.
—Pero a ti, Hipotales, ¿quién? DÃmelo.
Al ser preguntado asÃ, se ruborizó y yo le dije:
—Oh, Hipotales, hijo de Jerónimo, no tienes por qué decirme si estás o no enamorado de alguno. Porque bien sabes que no es que hayas empezado ahora a amar, sino que ya vas muy adelantado en el amor. Negligente y torpe como soy para la mayorÃa de las cosas,[3] se cme ha dado, supongo, por el dios, una cierta facilidad de conocer al que ama y al que es amado.
Oyendo todo esto, se ruborizó más aún.
Y Ctesipo añadió: