Dialogos I
Dialogos I Y asà ocurrió. Cármides se aproximó y fue motivo de regocijo, pues cada uno de nosotros, de los que estábamos sentados, cediendo el sitio, cempujaba presuroso al vecino, para que él, Cármides, se sentase a su vera. Y al final, de los que estaban en los extremos, el uno tuvo que levantarse y al otro le hicimos caer de costado. Entre tanto, él, en llegando, se vino a sentar entre Critias y yo. Entonces ocurrió, querido amigo, que me encontré como sin salida, tambaleándose mi antiguo aplomo; ese aplomo que, en otra ocasión, me habrÃa llevado a hacerle hablar fácilmente. Pero después de que —habiendo dicho Critias que dyo entendÃa de remedios— me miró con ojos que no sé qué querÃan decir y se lanzaba ya a preguntarme, y todos los que estaban en la palestra nos cerraban en cÃrculo, entonces, noble amigo, intuà lo que habÃa dentro del manto y me sentà arder y estaba como fuera de mÃ, y pensé que Cidias[12] sabÃa mucho en cosas de amor, cuando, refiriéndose a un joven hermoso, aconseja a otro que «si un cervatillo llega frente ea un león, ha de cuidar de no ser hecho pedazos». Como si fuera yo mismo el que estuvo en las garras de esa fiera, cuando me preguntó si sabÃa el remedio para la cabeza, a duras penas le pude responder que lo sabÃa.[13]
—¿De qué remedio se trata? —dijo él.