Dialogos I
Dialogos I —Sà que estás en lo cierto —le dije yo—. Hablaré, pues, más abiertamente bacerca del ensalmo y de cómo es. Precisamente le estaba dando vueltas a la manera como yo podÃa mostrarte su virtud. Porque es uno de tal clase que no sólo tiene la virtud de sanar la cabeza, sino que pasa con él lo que, seguramente, has oÃdo de los buenos médicos cuando se les acerca alguien que padece de los ojos, que dicen algo asà como que no es posible ponerse a curar sólo los ojos, sino que serÃa necesario, a la par, cuidarse de la cabeza, si se quiere que vaya bien lo de los ojos. Y, a su vez, creer que cse llegue a curar jamás la cabeza en sà misma sin todo el cuerpo, es una soberana insensatez. Partiendo, pues, de este principio y aplicando determinadas dietas al cuerpo entero, intentan tratar y sanar, con el todo, a la parte. ¿O no te habÃas enterado de que eso es lo que dicen y que asà es?
—Claro que sà —respondió.
—¿Y te parece que dicen bien y das por buenas sus razones?
—Sin duda alguna —dijo.
Y yo que le oà darme la razón volvà a cobrar fuerzas, y, poco a dpoco, me fue viniendo la audacia y se me fueron caldeando los ánimos. Entonces le dije: