Dialogos I
Dialogos I AMIGO, SÓCRATES
AMIGO —¿De dónde sales, Sócrates? Seguro que de una partida de 309acaza en pos de la lozanía de Alcibíades. Precisamente lo vi yo anteayer y también a mí me pareció un bello mozo todavía, aunque un mozo que, dicho sea entre nosotros, Sócrates, ya va cubriendo de barba su mentón.[1]
SÓCRATES —¿Y qué con eso? ¿No eres tú, pues, admirador de Homero, bquien dijo[2] que la más agraciada adolescencia era la del primer bozo, esa que tiene ahora Alcibíades?
AM. —¿Qué hay, pues, de nuevo? ¿Vienes, entonces, de su casa? ¿Y cómo se porta contigo el muchacho?
SÓC. —Bien, me parece a mí, y especialmente en el día de hoy. Que mucho ha dicho en mi favor, socorriéndome, ya que, en efecto, ahora vengo de su casa. Pero voy a decirte algo sorprendente. Aunque él estaba allí, ni siquiera le prestaba mi atención, y a menudo me olvidaba de él.
cAM. —¿Y qué cosa tan enorme puede haberos ocurrido a ti y a él? Porque, desde luego, no habrás encontrado a alguien más bello, en esta ciudad al menos.
SÓC. —Mucho más todavía.
AM. —¿Qué dices? ¿Ciudadano o extranjero?
SÓC. —Extranjero.
AM. —¿De dónde?
SÓC. —De Abdera.[3]
