Dialogos III
Dialogos III »Y esta misma comparación, creo, podrÃa admitirla el alma con relación al cuerpo, y si alguno dijera estas mismas cosas de una y otro me parecerÃa hablar atinadamente, en el sentido de que el alma es muy duradera, y en cambio el cuerpo es más débil y de menor duración. Entonces podrÃa argumentar que cada alma gasta muchos cuerpos, y especialmente cuando vive muchos años —pues acaso el cuerpo fluye y perece[65] aun en vida del individuo, mientras que el alma reteje de econtinuo lo que se va gastando—, y, no obstante, puede ser necesario que, cuando perezca el alma, se halle con su último tejido y entonces ella perezca antes que este solo, y al morir el alma entonces ya el cuerpo evidencie su naturaleza débil y pronto se pudra y desaparezca. De manera que, atendiendo a este argumento, no es válido confiar en que, una vez que hayamos muerto, nuestra alma va a subsistir todavÃa en algún lugar. Pues aun si alguien concediera al que argumenta incluso 88amás de lo que tú dices, concediéndole que no sólo nuestras almas existÃan en el tiempo anterior a nuestro nacer, sino que nada impide que, incluso después de morir, aún perduren las de algunos, y que existan, y que muchas veces renazcan y que mueran repetidamente —puesto que es por naturaleza algo tan fuerte el alma que resiste el llegar a ser muchas veces—, concediéndole esto, aún no le admitirÃa lo otro, que el alma no se fatigue en los sucesivos nacimientos y no concluya al fin por perecer en una de esas muertes. Pero esa muerte y la separación ésa del cuerpo que al alma le aporta la destrucción, nadie puede afirmar que bla conozca —ya que es imposible de percibir para cualquiera de nosotros—. Y si esto es asÃ, no le conviene a nadie confiar ante la muerte, a no ser para confiar estúpidamente, si no puede demostrar que el alma es enteramente inmortal e imperecedera. En caso contrario, forzoso es que quien va a morir sienta temor por su propia alma de que en la próxima separación del cuerpo perezca completamente[66].